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Opinión - El fútbol no puede convertirse en una frontera* – Jonathan Posada

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Hoy inicia un nuevo Mundial de Fútbol, y el planeta vuelve a experimentar algo que pocos fenómenos consiguen: detenerse parcialmente para mirar el mismo acontecimiento. Durante unas semanas, millones de personas hablarán el mismo lenguaje simbólico, celebrarán los mismos goles, sufrirán las mismas derrotas y compartirán emociones que atraviesan idiomas, religiones, ideologías y fronteras. El fútbol, nos guste o no, sigue siendo uno de los rituales colectivos más poderosos de la humanidad contemporánea.

Y justamente por eso resulta tan preocupante cuando ese mismo espacio comienza a reproducir exclusiones, discriminaciones o decisiones políticas que contradicen el espíritu universal que el deporte dice representar.

En esta edición del mundial ya han aparecido señales inquietantes. Las polémicas alrededor del árbitro somalí —que fue deportado a su país de origen— y las restricciones impuestas al equipo de Irán —obligado, según distintas denuncias y medidas migratorias, a regresar inmediatamente a México después de cada partido— revelan una tensión profunda entre el discurso global del fútbol y las dinámicas reales de poder, control y exclusión que siguen atravesando al mundo.

Porque el fútbol nunca ha sido solo fútbol.

Desde Eduardo Galeano, especialmente en su libro El fútbol a sol y sombra, entendemos que este deporte es también una metáfora de la sociedad. Galeano veía en el fútbol una mezcla compleja de belleza popular, negocio global, identidad colectiva y contradicción humana. Puede ser poesía y mercado, alegría y manipulación, comunidad y exclusión al mismo tiempo.

Pero incluso en medio de esas contradicciones, Galeano defendía algo esencial: el fútbol pertenece a la gente.

Por eso un mundial debería ser, antes que cualquier otra cosa, una celebración de encuentro humano. Un espacio donde las diferencias nacionales no se conviertan en barreras de odio, sino en oportunidades de reconocimiento mutuo. Cuando una selección entra a la cancha, no solo representa un Estado; representa historias, culturas, memorias y pueblos enteros.

En este sentido, resulta profundamente problemático que factores políticos o geopolíticos terminen condicionando la dignidad o la igualdad de participación de ciertos equipos o personas dentro del torneo. Si un árbitro o una selección son tratados desde la sospecha, la limitación o la exclusión por razones ajenas al deporte mismo, el fútbol comienza a perder parte de su sentido universal.

Y eso debería preocuparnos.

El deporte tiene un valor profundamente humano precisamente porque suspende —aunque sea parcialmente— las divisiones cotidianas. Durante noventa minutos, personas de contextos completamente distintos pueden compartir emoción, tristeza o esperanza alrededor de una pelota. Ese encuentro colectivo no elimina los problemas del mundo, pero sí recuerda algo importante: la humanidad todavía puede reunirse alrededor de algo común sin necesidad de destruirse.

Tal vez por eso el fútbol emociona tanto. Porque en un mundo fragmentado, hiperpolitizado y constantemente dividido, todavía ofrece momentos donde la pertenencia colectiva parece posible.

Sin embargo, esa posibilidad se rompe cuando el miedo, la discriminación o los intereses políticos transforman el torneo en un espacio de vigilancia y exclusión. El fútbol no puede convertirse en una extensión de fronteras ideológicas ni en una plataforma donde algunos cuerpos, países o identidades valgan menos que otros.

El deporte nunca estará completamente separado de la política. Pretender eso sería ingenuo. Los mundiales siempre han estado atravesados por disputas económicas, diplomáticas y culturales. Pero precisamente por su alcance global, tienen también una responsabilidad simbólica enorme: recordar que la competencia no debe destruir la dignidad humana.

Galeano escribía que el fútbol profesional muchas veces sacrifica la belleza por la rentabilidad y convierte el juego en espectáculo de consumo. Quizás hoy habría agregado otra preocupación: el riesgo de que el fútbol pierda su capacidad de unir porque el mundo insiste en llevar sus exclusiones incluso a los espacios donde deberíamos reconocernos como iguales.

A un día del mundial, vale la pena recordar que ningún trofeo tiene más valor que la humanidad compartida que hace posible el juego.

Porque una pelota puede dividir equipos, pero nunca debería dividir la dignidad de las personas.

 

 

*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.

 

 

 

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