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Opinión - Democracia sin lectura: el peligro de elegir desde la ignorancia*- Jonathan Posada

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A medida que se acercan las elecciones presidenciales en Colombia, el debate público parece deteriorarse cada vez más. Las redes sociales se han convertido en trincheras emocionales donde millones de personas defienden candidatos con una intensidad casi religiosa, pero con una profundidad argumentativa cada vez más superficial. Se discute mucho, se insulta más y se piensa menos.

El problema no es que existan posiciones políticas distintas; eso es natural en una democracia. Lo verdaderamente preocupante es la facilidad con la que amplios sectores de la ciudadanía defienden lo indefendible sin investigar, sin contrastar información y, muchas veces, sin siquiera haber leído una propuesta completa de gobierno. La política dejó de ser, para muchos, un ejercicio de reflexión colectiva y se convirtió en una dinámica de fanatismo emocional.

Hoy abundan ciudadanos que conocen más memes que programas políticos, más frases virales que datos verificables. Personas capaces de repetir discursos enteros construidos por algoritmos, influenciadores o cadenas de WhatsApp, pero incapaces de explicar cómo funciona una reforma tributaria, qué implica una política pública o cuáles son las consecuencias económicas y sociales de ciertas decisiones. La opinión reemplazó al conocimiento y la emoción desplazó a la razón.

Aquí aparece un problema profundamente filosófico. Desde Hannah Arendt, sabemos que uno de los mayores riesgos de las sociedades modernas es la renuncia al pensamiento crítico. Arendt advertía que la incapacidad de pensar —no la maldad extraordinaria— podía abrir la puerta a formas graves de deterioro político. Cuando las personas dejan de cuestionar, de analizar y de hacerse responsables de sus juicios, se vuelven vulnerables a la manipulación.

Y las redes sociales potencian precisamente eso.

Los algoritmos no están diseñados para promover la verdad ni el pensamiento complejo, sino la interacción. Premian la indignación, la simplificación y el conflicto. Por eso triunfan los discursos extremos, las frases fáciles y las respuestas inmediatas. Pensar requiere tiempo; reaccionar solo requiere un clic.

El resultado es una ciudadanía que muchas veces vota desde la identidad emocional y no desde el análisis racional. Se elige al candidato que “representa mi rabia”, “mi odio”, “mi miedo” o “mi fanatismo”, aunque sus propuestas sean incoherentes, inviables o incluso contradictorias con los intereses de quienes lo apoyan.

La situación se vuelve aún más grave cuando se normaliza la defensa ciega. Hay ciudadanos capaces de justificar cualquier escándalo, cualquier contradicción o cualquier acto cuestionable de su candidato favorito, mientras condenan exactamente lo mismo en el adversario político. La coherencia desaparece y es reemplazada por el tribalismo ideológico. No importa la verdad; importa el bando.

En ese sentido, la crisis política colombiana no es solo un problema de candidatos. Es también un problema de ciudadanía.

Una democracia no se sostiene únicamente con votos, sino con ciudadanos capaces de pensar críticamente. Y pensar críticamente implica leer, investigar, contrastar fuentes, reconocer matices y aceptar que ningún líder político está por encima del cuestionamiento. La democracia exige responsabilidad intelectual.

Elegir a un presidente no es apoyar a un equipo de fútbol ni seguir a una celebridad en redes sociales. Las decisiones políticas afectan economía, educación, salud, seguridad, relaciones internacionales y el futuro de millones de personas. Votar desde la ignorancia no es un gesto inocente; tiene consecuencias reales.

Por eso resulta urgente recuperar algo que parece estar desapareciendo: el valor de la razón. No una razón fría, sino una ciudadanía capaz de preguntarse si aquello que comparte, defiende o repite tiene sentido, evidencia y coherencia.

Colombia necesita menos fanáticos y más ciudadanos. Menos consignas y más lectura. Menos impulsividad y más pensamiento, porque cuando una sociedad deja de pensar, otros empiezan a pensar por ella, y pocas cosas son más peligrosas para una democracia que una ciudadanía que vota sin entender realmente por qué lo hace.

 

*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.

 

 

 

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