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Análisis - Las violencias que no vemos*- Ángela Cadavid

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Más del 80% de estudiantes universitarios colombianos refiere haber sido víctima de alguna forma de Violencia Basada en Género, VBG. La cifra, documentada por Castañeda, Giraldo y Robles (2025) en un estudio realizado en el Politécnico Grancolombiano y UNICOC, contrasta la convicción, extendida en muchas instituciones, de que estos asuntos atañen a casos aislados, a episodios graves y excepcionales que la prensa eventualmente reporta. Pero, los datos sugieren lo contrario. Y aunque la investigación se enfocó en el estudiantado, otros estudios y reportes institucionales muestran que las VBG atraviesan también al cuerpo docente y al personal administrativo. Las violencias más frecuentes no son las que llegan a titulares, son las verbales y psicológicas, distribuidas en lo cotidiano, que rara vez se denuncian porque rara vez se reconocen como tales.

¿Cuántas situaciones de este tipo hemos presenciado, vivido o incluso reproducido sin nombrarlas como violencia? La pregunta incomoda, pero conviene mantenerla abierta. Las Violencias Basadas en Género en las universidades rara vez se manifiestan en los episodios escandalosos. Se despliegan, sobre todo, a través de mecanismos sutiles que se instalan en las interacciones diarias: comentarios que buscan “poner en su lugar” a quienes desafían los roles tradicionales, exclusiones sistemáticas, manipulaciones basadas en estereotipos, imposición de comportamientos considerados “apropiados” según el género, entre otros.

La investigación sobre el problema confirma su extensión desde múltiples ángulos. El estudio Rompiendo el silencio, aplicado a 1.602 estudiantes mujeres de la Universidad Nacional sede Bogotá, encontró que el 54% de ellas reconoció haber sido víctima de algún tipo de violencia sexual al interior de la institución, siendo los comentarios sexuales y los piropos las expresiones más recurrentes. En el caso de la población con Orientación Sexual e Identidad de Género Diversa (OSIGD), la Defensoría del Pueblo ha documentado que el 85% ha sufrido violencia por prejuicio; cifras que dimensionan, con frialdad estadística, lo que ocurre tras puertas que parecen abiertas a la diversidad.

Vale la pena detenerse en el adjetivo sutil, pues no es leve, ni inocuo, ni pasajero. Se manifiesta bajo el umbral de lo denunciable, en ese terreno donde quien lo padece duda de si tiene derecho a sentirse mal y quien lo ejerce puede defenderse diciendo que “solo era un comentario”. El problema con las violencias sutiles no es su intensidad puntual, sino su acumulación, pues día tras día, esos comentarios, esas miradas, esas exclusiones, esas insinuaciones, generan estrés crónico, debilitan la autoestima, limitan la participación en espacios académicos, y en casos extremos, conducen a la deserción. Lo que comienza como una broma de pasillo termina configurando ambientes hostiles que contradicen, en silencio, la misión educativa de cualquier universidad.

Estas manifestaciones no son homogéneas, dependen de quién las recibe. Por ejemplo, las estudiantes mujeres enfrentan presiones constantes para ajustarse a estereotipos de feminidad y al mismo tiempo, deben demostrar su pertenencia legítima a espacios tradicionalmente masculinos. Los estudiantes hombres que se apartan de modelos hegemónicos, ya sea porque expresan afecto, porque rechazan competir agresivamente o porque eligen carreras del cuidado, suelen recibir cuestionamientos sobre su autenticidad como hombres. La población OSIGD enfrenta, además de las microagresiones cotidianas, una carga adicional que sus pares heterosexuales y cisgénero no experimentan: calcular permanentemente qué tan visible puede ser su identidad sin exponerse a rechazo, exclusión o agresión. Esta vigilancia constante afecta su permanencia académica y su bienestar.

Cabe preguntarse por qué estas violencias permanecen invisibilizadas si son tan extendidas. Una primera respuesta es que las hemos normalizado, ya que cuando un comportamiento se repite con suficiente frecuencia y nadie lo nombra, deja de percibirse como fuera de lugar. En este sentido, los chistes sexistas ilustran bien este mecanismo, en tanto se sostienen sobre el argumento de que "es solo una broma" y bajo esa coartada, las bromas sobre la inteligencia de las mujeres en algunas profesiones, los chistes sobre la sensibilidad de los hombres, los comentarios sobre la apariencia física de una estudiante en lugar de su desempeño académico se convierten en parte del paisaje. Y lo que es paisaje no se cuestiona, simplemente se atraviesa.

Una segunda razón es estructural. Reconocer una violencia obliga a actuar frente a ella, y actuar implica confrontar a quien la ejerce, sostener una denuncia, atravesar un proceso y exponerse al juicio del entorno. Para muchas personas, especialmente cuando el presunto agresor tiene poder académico o jerárquico, el costo percibido de denunciar supera el del padecimiento silencioso. Así, la violencia se sostiene no solo por quienes la ejercen, sino también por la estructura institucional que dificulta nombrarla.

Es importante subrayar que la responsabilidad de transformar este escenario no recae únicamente sobre quienes padecen las violencias. Esperar que sean las propias víctimas quienes denuncien, eduquen, expliquen y resistan es trasladar a quienes ya están agotadas el trabajo que corresponde a toda la comunidad. Docentes, personal administrativo, directivas y estudiantes tenemos, cada quien desde su lugar, un papel que jugar. Interrumpir un comentario sexista, validar la incomodidad de un colega, cuestionar una broma homofóbica en un pasillo, negarse a reírse de un chiste que cosifica; son microintervenciones que no resuelven el problema, pero debilitan la normalidad que lo sostiene.

Reconocer las violencias que no vemos es, entonces, el primer paso de una transformación más amplia. Pero el reconocimiento por sí solo no alcanza, necesita acompañarse de rutas concretas, participativas y sostenibles, que es precisamente lo que la Universidad de Manizales ha venido construyendo con el Protocolo Integral de Prevención, Reconocimiento y Atención de la Discriminación y las Violencias Basadas en Género, y su Ruta Turquesa. Este protocolo se construyó participativamente a través de grupos focales, cartografías sociales y diálogos sostenidos. La Ruta Turquesa ofrece acompañamiento integral, atención psicológica y jurídica, asesoría pedagógica y mecanismos de protección, además de espacios formativos.

Cambiar lo cotidiano requiere que lo cotidiano sea asunto de toda la comunidad universitaria; la invitación está abierta.

 

 

*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional. 

 

Referencias

Castañeda Guerrero, D. P., Giraldo León, C. I., y Robles Robles, C. A. (2025). Prevalencia de violencias basadas en género en estudiantes universitarios de la ciudad de Bogotá: un estudio descriptivo. Uniandes Episteme, 12(1), 19-29. https://doi.org/10.61154/rue.v12i1.3611 

Defensoría del Pueblo de Colombia. (2021). Informe de Derechos Humanos de personas OSIGD-LGBTI.

Universidad Nacional de Colombia. (2017). Rompiendo el silencio: análisis de encuestas sobre violencia sexual a estudiantes mujeres. Observatorio de Asuntos de Género.

Universidad de Manizales. (2025). Protocolo Integral de Prevención, Reconocimiento y Atención de la Discriminación y las Violencias Basadas en Género. https://umanizales.edu.co/sites/default/files/2023-09/Protocolo%20integral%20de%20Prevencio%CC%81n%2C%20Reconocimiento%2C%20y%20Atencio%CC%81n%20de%20Violencias%20Basadas%20en%20Ge%CC%81nero..pdf

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