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Análisis - La política convertida en espectáculo*- Jonathan Posada

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La política contemporánea atraviesa una transformación inquietante: muchos candidatos ya no parecen líderes políticos, sino figuras diseñadas para el entretenimiento masivo. Las campañas dejaron de centrarse en proyectos de país para convertirse en puestas en escena cuidadosamente producidas, donde importan más las luces, los videos virales, los slogans pegajosos y la capacidad de dominar algoritmos que la profundidad de las propuestas o la coherencia ideológica.

El problema no es el uso de herramientas de comunicación modernas. Toda época ha tenido formas particulares de hacer política. Lo preocupante es que, en muchos casos, la estética reemplazó al contenido y el espectáculo desplazó al pensamiento.

Hoy vemos candidatos que parecen influencers, conferencistas motivacionales o celebridades digitales más que dirigentes capaces de administrar Estados complejos. Las tarimas se asemejan a conciertos, los debates a programas de entretenimiento y las redes sociales a guerras permanentes de marketing emocional. La política dejó de apelar al ciudadano para dirigirse al consumidor de contenido.

Este fenómeno no es exclusivo de Colombia ni de América Latina. En Estados Unidos, figuras políticas transformaron la lógica política en un espectáculo mediático permanente donde la provocación y la viralidad importan más que la deliberación racional. En otros contextos latinoamericanos ocurre algo similar: campañas construidas desde TikTok, frases efectistas, transmisiones emocionales y estrategias digitales diseñadas para generar impacto inmediato más que comprensión profunda.

La política global comenzó a funcionar bajo las reglas del mercado de atención.

Aquí resulta pertinente volver a Guy Debord y su idea de la “sociedad del espectáculo”. Debord advertía que las sociedades contemporáneas transformaban la realidad en representación, donde lo importante ya no era la experiencia auténtica, sino la imagen producida y consumida. La política actual parece confirmar plenamente esa tesis: el candidato ya no necesita necesariamente ser competente, sino parecerlo. No necesita profundidad; necesita visibilidad.

El problema es que gobernar no es producir contenido.

Administrar un país implica decisiones complejas sobre economía, salud, educación, relaciones internacionales y conflictos sociales. Pero esas complejidades no funcionan bien en redes sociales, porque el algoritmo premia lo rápido, lo emocional y lo polarizante. Como resultado, los discursos políticos se simplifican hasta el absurdo: frases cortas, enemigos fáciles, soluciones mágicas.

Y mientras más emocional se vuelve la política, menos espacio queda para el análisis racional.

Esto ha producido una degradación preocupante del debate democrático. Las campañas ya no buscan necesariamente convencer mediante argumentos, sino movilizar emociones primarias: miedo, rabia, resentimiento o idolatría. El ciudadano deja de ser interlocutor político para convertirse en audiencia.

La consecuencia es grave: candidatos cada vez más preocupados por su imagen que por sus capacidades reales de gobierno, y ciudadanos que votan desde percepciones construidas digitalmente más que desde análisis de fondo. La política se vuelve emocionalmente intensa pero intelectualmente vacía.

En América Latina esto adquiere un matiz aún más delicado. Sociedades marcadas por desigualdad, crisis institucionales y desconfianza terminan siendo especialmente vulnerables a liderazgos carismáticos construidos desde la espectacularización. El político-showman aparece entonces como salvador, como figura capaz de condensar frustraciones colectivas en un personaje mediático.

Pero el espectáculo tiene un problema estructural: necesita permanencia y exageración constante. Un gobierno convertido en show termina atrapado en la necesidad de producir impacto diario, incluso cuando ello sacrifica estabilidad, reflexión o responsabilidad institucional.

La política no debería competir con la industria del entretenimiento. Su función no es entretener ciudadanos, sino construir condiciones de convivencia y administrar el poder con responsabilidad. Cuando un candidato necesita más efectos visuales que argumentos, más marketing que pensamiento y más escándalo que propuestas, algo profundo se ha deteriorado en la democracia.

Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo no sea solamente elegir buenos gobernantes, sino recuperar una ciudadanía capaz de distinguir entre liderazgo y espectáculo.

Porque un país no se gobierna con filtros, tendencias ni videos virales.

Y cuando confundimos un político con una celebridad, el riesgo es terminar siendo gobernados por la lógica del show y no por la lógica del bien común.

 

*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.

 

 

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