Hace algunos días, en una conversación cotidiana con algunas compañeras, escuché algo que debería preocuparnos como sociedad mucho más de lo que parece. Varias de ellas relataban situaciones de incomodidad, comentarios insistentes, insinuaciones constantes y comportamientos que las hacían sentir acosadas por algunos compañeros. Lo más inquietante no fue únicamente el relato en sí, sino la naturalidad con la que esas experiencias parecían formar parte de la rutina.
Y ahí aparece el verdadero problema.
Hemos normalizado demasiadas conductas que nunca debieron ser normales.
Durante décadas, muchas sociedades enseñaron a los hombres que la insistencia era una muestra de interés, que la incomodidad femenina era una exageración o que determinados comportamientos podían justificarse bajo la idea de la conquista. Esa cultura ha producido generaciones enteras de hombres que crecieron confundiendo atención con presión, afecto con posesión y cercanía con invasión.
Pero el acoso no es un halago.
No es una demostración de cariño.
No es una muestra de masculinidad.
Es una forma de desconocer la autonomía y la dignidad de otra persona. Y a veces, es también una demostración de poder.
El problema no siempre se presenta en sus formas más evidentes. Muchas veces aparece en comentarios reiterativos, en mensajes que continúan después de una negativa, en insinuaciones constantes, en acercamientos no deseados o en la incapacidad de aceptar un límite. Y es la cotidianidad la que lo vuelve tan peligroso, porque termina disfrazándose de normalidad.
Desde una perspectiva filosófica, la situación puede entenderse a partir de la reflexión de Immanuel Kant. Para Kant, los seres humanos deben ser tratados siempre como fines en sí mismos y nunca simplemente como medios para satisfacer los deseos de otros. Cuando un hombre insiste, presiona o desconoce la voluntad de una mujer para satisfacer sus propios intereses, deja de verla como un sujeto autónomo y comienza a verla como un objeto de deseo o de conquista.
Y allí aparece una forma silenciosa de violencia, que es de hecho una violencia estructural.
También existe una dimensión histórica que no puede ignorarse. Durante siglos, las relaciones entre hombres y mujeres estuvieron atravesadas por estructuras de poder profundamente desiguales. Aunque las sociedades han avanzado en el reconocimiento de derechos, aún persisten comportamientos que reproducen la idea de que el hombre tiene derecho a insistir, a invadir espacios o a esperar atención simplemente por manifestar interés.
Es necesario decirlo con claridad: nadie le debe afecto, atención o reciprocidad a otra persona.
La libertad incluye también la libertad de decir no y un no debería ser suficiente.
Ninguna mujer debería sentirse obligada a tolerar comportamientos que la incomoden por miedo al conflicto, por presión social o por la idea de que "siempre ha sido así".
La dignidad no es negociable.
No depende de la opinión de otros, ni de la aprobación masculina, ni de las dinámicas laborales o sociales. Toda mujer tiene derecho a establecer límites, a exigir respeto y a señalar aquello que considera inapropiado.
Los hombres debemos aprender algo que parece sencillo pero que históricamente ha sido ignorado: el respeto comienza donde termina nuestro deseo. La madurez emocional implica comprender que el interés propio nunca puede estar por encima de la tranquilidad, la libertad o la comodidad de otra persona.
Quizás el verdadero cambio cultural no ocurra cuando existan más normas o más sanciones, sino cuando entendamos que el respeto no consiste en evitar un castigo, sino en reconocer plenamente la humanidad del otro.
Porque ninguna sociedad puede llamarse justa mientras siga considerando normal aquello que hace sentir inseguras, incómodas o vulnerables a las mujeres.
Y porque el acoso, por más cotidiano que parezca, nunca debería formar parte de la normalidad.
*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.