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Análisis - Clase media: la ilusión moderna de sentirse rico sin serlo*– Jonathan Posada

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Durante décadas nos enseñaron que existía algo llamado “clase media”: un espacio intermedio entre la pobreza y la riqueza donde habitan quienes tienen empleo estable, capacidad de consumo, acceso a ciertos bienes y una sensación relativa de seguridad económica. Pero quizás una de las mayores ficciones políticas y económicas de la modernidad haya sido convencer a millones de personas de que no son pobres porque ganan un poco más que otros.

La realidad es mucho más incómoda.

Tener un salario relativamente bueno no convierte automáticamente a alguien en rico. En la mayoría de los casos, simplemente significa que esa persona puede sostener temporalmente un estilo de vida más cómodo mientras el flujo de ingresos continúe. Pero basta perder el empleo, enfrentar una enfermedad, una crisis económica o una deuda desbordada para descubrir algo brutal: la estabilidad era mucho más frágil de lo que parecía.

Ahí se rompe el mito.

La verdadera diferencia entre riqueza y vulnerabilidad no está únicamente en cuánto dinero entra cada mes, sino en la capacidad de sostener la vida sin depender permanentemente del trabajo inmediato. Y la mayoría de quienes se consideran “clase media” no tienen esa capacidad. Viven del salario, del crédito y de la continuidad laboral. Su bienestar depende de que el sistema siga funcionando sin interrupciones.

Desde una mirada económica, esto es fundamental. Quien necesita trabajar constantemente para sobrevivir —aunque gane más que otros— sigue siendo estructuralmente vulnerable. Puede tener carro, apartamento financiado, vacaciones ocasionales y acceso al consumo, pero eso no implica autonomía económica real. Muchas veces lo que existe es una pobreza maquillada por capacidad de endeudamiento.

Aquí aparece una dimensión política importante. La idea de “clase media” ha funcionado históricamente como una categoría de aspiración. No solo describe una posición económica; produce una identidad. Personas que objetivamente están cerca de la precariedad comienzan a percibirse como distantes de los sectores pobres y cercanas simbólicamente a los sectores ricos. El resultado es una fragmentación social donde quienes comparten vulnerabilidades económicas dejan de reconocerse entre sí.

Desde Karl Marx, podríamos decir que el sistema económico necesita precisamente esa ilusión: trabajadores que no se perciban como explotados porque consumen más que otros trabajadores. La capacidad de comprar ciertos bienes crea una sensación de ascenso social que oculta la dependencia estructural del salario.

Pero incluso desde perspectivas más contemporáneas, como las de Zygmunt Bauman, la fragilidad de la vida moderna resulta evidente. Bauman hablaba de una sociedad líquida donde la estabilidad laboral, afectiva y económica se vuelve cada vez más precaria. En ese contexto, muchas personas viven en una aparente comodidad que puede derrumbarse rápidamente frente a cualquier crisis.

Y las crisis recientes lo demostraron con claridad.

Millones de personas que se consideraban “clase media” descubrieron, durante la pandemia, los despidos masivos o las crisis inflacionarias, que estaban a pocos meses —o semanas— de perderlo todo. La supuesta distancia con la pobreza era mucho menor de lo que imaginaban.

El problema es que la lógica del consumo alimenta constantemente la ilusión de riqueza. Tener el último celular, viajar, vivir en ciertos barrios o frecuentar determinados espacios genera una percepción simbólica de éxito económico. Pero muchas veces detrás de esa apariencia hay créditos interminables, ansiedad financiera y dependencia absoluta del próximo salario.

Ser rico no es solamente ganar más dinero. Ser rico implica tener margen, estabilidad y capacidad de resistir económicamente sin que la vida colapse inmediatamente. Y esa condición está mucho más concentrada de lo que la mayoría cree.

Por eso resulta tan funcional políticamente mantener viva la idea de la clase media. Porque una persona que se siente “casi rica” difícilmente se identificará con quienes exigen transformaciones estructurales. Defenderá un sistema que cree cercano, aunque ese mismo sistema pueda expulsarla rápidamente ante cualquier caída económica.

Esto no significa negar las diferencias reales entre quienes ganan más y quienes viven en pobreza extrema. Claro que existen diferencias materiales importantes, pero otra cosa es creer que tener un ingreso relativamente superior elimina la vulnerabilidad estructural.

La pregunta incómoda es sencilla: si mañana desaparece su salario durante varios meses, ¿su vida sigue estable o entra rápidamente en crisis?

La respuesta probablemente revele más sobre su verdadera posición económica que cualquier etiqueta de “clase media”.

Tal vez el problema no sea solo económico, sino cultural: nos enseñaron a medir riqueza desde el consumo y no desde la libertad real. Y mientras confundamos capacidad de compra con seguridad estructural, seguiremos defendiendo una ilusión que beneficia más al sistema que a quienes viven dentro de él.

 

*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.

 

 

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