Hace unas semanas me detuve frente a una lista que, a primera vista, era una más entre tantas. El Foro Económico Mundial, en su informe Future of Jobs, publicó las diez habilidades que las empresas priorizarán de aquí a 2027. Confieso que la leí varias veces antes de entender lo que de verdad me estaba diciendo.
De esas diez habilidades, ocho son profundamente humanas: pensamiento crítico, pensamiento creativo, liderazgo, resiliencia, curiosidad y aprendizaje permanente, motivación y autoconciencia, empatía y escucha activa. Solo dos son estrictamente técnicas: inteligencia artificial y análisis de datos, así como alfabetización tecnológica. Y aquí va la pregunta que me gusta hacerle a mis estudiantes: si estamos viviendo la revolución tecnológica más grande de nuestra historia reciente, ¿por qué el mundo del trabajo nos está pidiendo, sobre todo, que seamos más humanos?
Esa es la paradoja que quiero desarmar en esta columna.
La máquina ya llegó, y esa no es la discusión.
La inteligencia artificial no es una amenaza que viene, es una realidad que ya está. Este informe estima que el 44% de las habilidades centrales de los trabajadores se transformarán antes de 2027. Traducido a nuestro día a día, casi la mitad de lo que hoy sabemos hacer, va a cambiar de forma en menos de lo que dura una carrera universitaria.
Podríamos asustarnos con ese dato, y sería comprensible, pero prefiero leerlo de otra manera. Si casi la mitad de nuestras competencias va a moverse, entonces la pregunta ya no es qué sé hacer hoy, sino qué tan rápido soy capaz de aprender mañana. Y esa, justamente, es una de las diez habilidades de la lista: curiosidad y aprendizaje permanente. El mundo no está premiando a quien más sabe, sino a quien mejor aprende.
Las dos habilidades que abren la puerta
Empecemos por lo técnico, porque tampoco quiero caer en el romanticismo de decir que lo humano lo es todo. La inteligencia artificial, el análisis de datos y la alfabetización tecnológica son la puerta de entrada. Quien no entienda cómo funciona una herramienta de IA, cómo se lee un dato o cómo se conversa con un sistema para que trabaje a su favor, va a quedar en desventaja. Y ojo con esto: no solo los ingenieros. Un abogado que usa IA para revisar contratos, un profesor que la aprovecha para diseñar clases innovadoras, un administrativo que automatiza lo repetitivo para dedicarse a lo importante; todos están usando la misma herramienta.
No podemos seguir tratando la tecnología como un tema “de los de ingeniería”. La alfabetización en inteligencia artificial es hoy tan básica como leer, escribir y hacer cuentas. No es un lujo, es una condición de ciudadanía profesional.
Las competencias que deciden quién se queda
Pero la puerta solo te deja entrar. Lo que decide si te quedas, si creces y si lideras es otra cosa. Y esa cosa es, curiosamente, todo lo que la máquina no puede darte.
Una inteligencia artificial puede procesar datos a una velocidad que ningún humano alcanza, pero no siente curiosidad genuina por un problema que nadie le pidió resolver. Puede generar mil ideas en segundos, pero no sabe cuál de ellas conmueve a una persona. Puede redactar un texto impecable, pero no puede mirar a los ojos a un equipo desmotivado y devolverle las ganas. La empatía, la escucha activa, el liderazgo, la resiliencia, la motivación; eso no se descarga, se cultiva. Y se cultiva en las aulas, en los proyectos, en los errores compartidos, en las conversaciones difíciles.
Me parece revelador que la habilidad número diez de la lista sea empatía y escucha activa. En plena era de la automatización, el mundo del trabajo terminó pidiendo lo más antiguo que tenemos como especie: la capacidad de entendernos. La tecnología nos volvió más eficientes; el reto ahora es que no nos vuelva menos humanos.
Aquí es donde la educación deja de ser espectadora. Si el 44% de las habilidades va a cambiar y seis de cada diez trabajadores necesitarán formarse de nuevo antes de 2027, la universidad tiene una responsabilidad enorme, y también una oportunidad gigante. No se trata de enseñar a competir contra la máquina, porque esa pelea está perdida. Se trata de enseñar a trabajar con la máquina para liberar tiempo, energía y talento hacia lo que solo un ser humano puede hacer.
Y esto nos incluye a todos, sin importar la disciplina. Al estudiante que apenas empieza y siente que la carrera que eligió podría cambiar por completo: tiene razón, va a cambiar, y su mejor seguro no es un título, es su capacidad de reaprender. Al profesor que enseña como enseñó siempre: la IA no viene a reemplazarnos, pero un docente que la ignora sí podría ser reemplazado por otro que la entiende. Al equipo administrativo que sostiene las instituciones cada día: automatizar lo repetitivo no es perder el trabajo, es recuperar el tiempo para lo que realmente importa, la estrategia.
La verdadera brecha del futuro no será entre quienes saben de tecnología y quienes no. Será entre quienes siguen aprendiendo y quienes se detuvieron. Y esa decisión, afortunadamente, no la toma ningún algoritmo: la tomamos nosotros, cada día, con lo que elegimos hacer.
La inteligencia artificial va a hacer muchas cosas mejor que nosotros, y está bien. Nuestro trabajo no es ganarle en su terreno, es no olvidar el nuestro. Que la máquina se quede con lo mecánico; nosotros nos quedamos con lo humano, que resultó ser, después de todo, lo más valioso de la lista.
La tecnología puede reemplazar lo que hacemos; nunca lo que somos. Esta es nuestra verdadera ventaja.
*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.
Referencias
World Economic Forum (2023). Future of Jobs Report 2023. https://www.weforum.org/publications/the-future-of-jobs-report-2023/