“Cami” vivió sólo 40 años en el plano terrenal, pero fueron suficientes para construir un legado de pensamiento y acción. Desde muy pequeña, se interesó por el mundo del lenguaje, escribía cuentos, poesías y siempre buscaba la forma de estar construyendo otras posibilidades para los niños, otras formas de “buen vivir”. Estudió en el Colegio San Luis Gonzaga, así que la formación jesuita y el ejemplo de sus padres, la llevaron a que junto a su hermana creara programas que buscaban la construcción de paz y la potenciación de los niños y las niñas como sujetos políticos, con derechos, voz, pensamiento y posibilidades infinitas de creación.
Esos mismos intereses hicieron que luego estudiara psicología e hiciera una maestría en psicología clínica y dos doctorados; su entusiasmo por el conocimiento era infinito, su pensamiento estuvo basado en el construccionismo social y en las teorías narrativas.
Más allá de sus títulos, Cami nos enseñó a tener una “mirada apreciativa” del mundo, a entender que el lenguaje construye realidad y que, desde pequeñas acciones, por simples que sean, como escuchar al otro, estamos transformando su mundo. Como maestra se ocupaba de sensibilizar a sus estudiantes y acompañar investigaciones que buscaran la transformación de la sociedad y particularmente de los niños y niñas de la primera infancia; también tejió redes de colaboración con toda América Latina y el mundo, donde siempre ejerció su liderazgo.
Fue una mujer sensible, de risa contagiosa y ternura sin medida; cantaba y alegraba cada espacio que habitaba. Su legado seguirá vivo en todos los que tuvimos la fortuna de aprender de ella y caminar a su lado.
Texto de Daniela León Castaño
