Puede gustarnos o no su música. Puede incomodarnos su estética, su voz o su lugar en la industria. Pero negar la importancia de la presencia de Bad Bunny en el escenario del Super Bowl — en el corazón del espectáculo deportivo más visto del planeta — es no entender lo que allí estaba realmente en juego. No fue solo un concierto: fue una declaración cultural.
El Super Bowl no es un evento cualquiera. Es uno de los rituales más potentes del imaginario estadounidense: espectáculo, consumo, poder simbólico y narrativa nacional concentrados en pocas horas. Históricamente, ese escenario ha sido dominado por el inglés, por una idea homogénea de “lo americano” y por una estética profundamente anglosajona. Por eso, que en ese espacio se escuche español no es un detalle menor.
Bad Bunny cantó en español, habló desde El Caribe y desde América Latina. Esto es algo profundamente disruptivo, porque el lenguaje no es solo un medio de comunicación: es una forma de poder. Y en ese escenario, el español — históricamente relegado al margen en esa cultura — ocupó el centro.
Más aún, no habló de un solo país. Hizo referencia a América Latina como un todo, a sus raíces compartidas y a esa identidad múltiple y fragmentada que suele reducirse a un estereotipo. En un evento acostumbrado a celebrar la excepcionalidad estadounidense, apareció una narrativa distinta: la de un continente diverso, marcado por la migración y la pobreza, pero también por la creatividad y la cultura viva.
El momento en el que se cantó “Lo que le pasó a Hawái” fue especialmente significativo. No se trató solo de un gesto solidario, sino de una crítica implícita: Hawái como territorio explotado turísticamente mientras se ignoran las consecuencias sociales, culturales y ambientales para su población. En ese punto, el show dejó de ser entretenimiento para convertirse en comentario político, aunque no usara ese lenguaje explícitamente.
Lo más impactante fue la reivindicación de la simplicidad. Frente a la lógica del exceso, el espectáculo grandilocuente y del lujo extremo, apareció una estética que remitió a lo cotidiano, lo barrial, a lo común. No como carencia, sino como identidad. La idea de que no todo tiene que ajustarse al estándar del mercado global para ser valioso.
En mi opinión, aquí radica la incomodidad que genera Bad Bunny: no por su música como tal, sino por lo que representa. Es el recordatorio de que América Latina no solo exporta mano de obra o recursos, sino lenguaje, cultura y sentido. Que puede ocupar los escenarios más visibles del mundo sin dejar de ser lo que es.
Para mí, el debate no debería centrarse en si es buen artista o si su música es de calidad. Esa es una discusión legítima, pero secundaria. Lo verdaderamente importante es entender que, en medio del evento más emblemático del poder cultural estadounidense, se coló otra narrativa: una que habla español y que mira al sur.
Puede no gustarnos Bad Bunny, pero lo que ocurrió en el Super Bowl fue una grieta simbólica, y esas, aunque parezcan pequeñas, suelen ser las que anuncian los cambios más profundos.
*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.