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Opinión - La innovación a partir del desastre* - Johanna Peláez-Higuera

Opinión

Cuando pensamos en la innovación, por lo general la relacionamos con tecnología de punta y desarrollos que cambian nuestra existencia o la manera de hacer las cosas. ¿Cuántas veces nos hemos encantado con películas ambientadas en escenarios futuristas que nos ubican en mundos que éramos incapaces de imaginar?

Recuerdo la primera vez que vi algo así en El quinto elemento, donde con una pastilla podían preparar un pavo entero en un microondas. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de decepcionarme, porque ese mundo utópico estaba más lejos de lo que parecía.

Con el transcurso de los años, la vida y la formación académica, he ido construyendo ideas propias a partir de los aportes de investigadores y científicos que he leído. También he observado cómo las ciencias duras y las ciencias humanas presentan brechas alrededor de la innovación, siendo las primeras más susceptibles de innovar.

Al investigar sobre el emprendimiento académico, entendí que la innovación no proviene solo de las ciencias exactas ni de generar tecnología. También consiste en mejorar procesos, generar nuevos servicios o perfeccionar los existentes, crear nuevos productos e incluso innovar en estrategias de comunicación y mercado.

Nuestra capacidad de crear es amplia. Sin embargo, a veces tenemos dificultad para identificarla y obviamos la creatividad o la facultad para resolver situaciones cotidianas.

Hace unas semanas vivimos una situación que nos desubicó de múltiples maneras, dejándonos sin ruta, desmotivados, desconcentrados e incluso con la sensibilidad a flor de piel. Entre las idas y vueltas de la mente, mientras veía las noticias y leía boletines informativos sobre cómo las entidades e instituciones buscaban soluciones, volvió a mí un concepto que he venido trabajando: la innovación frugal. Pensé en esta capacidad que tenemos los territorios de ingresos bajos y medios para innovar.

Entonces conecté dos elementos: la innovación y el desastre. En una situación como la vivida tendremos que afrontar innovaciones radicales en procesos, bienes, servicios y atención. No es la primera vez que un suceso de gran magnitud nos lleva a generar transformaciones profundas; lo mismo sucedió durante la pandemia, que nos obligó a pensar de forma creativa.

Podemos hablar de una innovación a partir del desastre, donde la población y las organizaciones buscan solucionar con rapidez problemas que impiden el desarrollo habitual de las actividades. Surgen allí iniciativas de digitalización, alianzas estratégicas entre organizaciones competidoras para responder a emergencias, la recombinación, la frugalidad y la improvisación.

Al ver nuestras ciudades y observar todo lo que queda por hacer, resulta oportuno reflexionar sobre qué innovaciones nos quedarán a partir de este suceso:

¿Un nuevo mercado gastronómico?

¿Una nueva cementera solidaria?

¿Una nueva plataforma para encontrar inmuebles?

¿Nuevos canales para ubicar mascotas perdidas?

¿Nuevos planes de contingencia?

¿Nuevas ofertas de servicios y formas de gestión organizacional que antes creíamos impensables?

Mientras nos reconstruimos y retomamos nuestras metas, observaremos cómo la creatividad humana se abre paso. Expreso mi solidaridad con la población y reconozco a quienes han afrontado retos que demandaron priorizar el bienestar colectivo.

* Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.

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