En la actual coyuntura política por las elecciones a la presidencia, resulta evidente que el debate de ideas —aquel ejercicio entre sujetos que se reconocen recíprocamente como hombres libres y baluartes de una democracia auténtica— ha sido desplazado por el insulto y la descalificación personal. Este fenómeno se manifiesta tanto en los medios de comunicación tradicionales como, con mayor virulencia, en las redes sociales, espacios donde frecuentemente impera un desorden anárquico.
Resulta preocupante observar cómo lo que Jürgen Habermas denominó esfera pública, o lo que los griegos instituyeron como el ágora, se desmorona al mismo ritmo en el que se expanden la desinformación, la violencia y las dinámicas de poder. Aquel espacio destinado al encuentro y al diálogo sobre los asuntos colectivos —donde el sujeto lograba transitar del yo al tú para constituir un nosotros— se estrecha progresivamente. Se está perdiendo el escenario donde la autoconciencia individual se transformaba en conciencia colectiva a través de un diálogo horizontal y bidireccional.
Ante este panorama, es imperativo que, como sociedad, reflexionemos sobre la urgencia de revitalizar los escenarios donde el respeto y el rigor argumentativo sean los criterios rectores para decidir el destino del país. Debemos rechazar la cultura del anonimato y la difamación propia de las redes sociales, las cuales, lejos de construir confianza, profundizan la polarización y el miedo en el tejido social.
*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.