Luz Aída Salazar siempre ha creído en los milagros, porque ella misma es uno. A los siete años enfrentó la amputación de su pierna izquierda, un golpe difícil de comprender para una niña. Pero lo que pudo haber sido una barrera, se convirtió en la fuerza que la impulsó a crecer, a ver la vida con otros ojos y a convertirse en su mejor versión.
La vida para ella no fue sencilla. Vivió el dolor profundo de perder a su padre, un hombre trabajador y generoso, asesinado injustamente. En medio del duelo, admiró la valentía de su madre, quien, a pesar de presenciar la tragedia, le enseñó a levantarse con amor y esperanza. Esa fortaleza familiar, de la mano de su hermano, quien es apoyo y compañía, se convirtió en su brújula.
En medio de las adversidades, tuvo el apoyo incondicional de una de las bendiciones que ha tenido en la vida: su esposo, su gran amor, quien la acepta, la admira y la ha ayudado a reconstruirse con paciencia y ternura. Luego, llegó el mayor milagro: su hijo Juan Martín. A pesar de que le dijeron que posiblemente no podría ser madre, su fe y esperanza la guiaron hasta abrazar al pequeño, quien trajo la luz y la alegría que la familia tanto necesitaba.
La Universidad de Manizales también hace parte de su historia. Desde su llegada en 2005, la institución no solo le ofreció un espacio laboral, sino que se convirtió en su casa y en un respaldo incondicional. Aquí, no solo creció como profesional, sino que también cumplió uno de sus sueños: estudiar derecho, destacándose por su excelencia y dedicación. Este año, la mujer que siempre recibe con una sonrisa a todas las personas que llegan a la División de Desarrollo Humano, se graduará como abogada, un logro fruto de su disciplina y resiliencia.
Su mayor deseo es ver feliz a su hijo y que su historia inspire a otros, porque, como ella dice, sus sueños siempre estuvieron guardados en una cajita, esperando el momento perfecto para abrirse y volar.