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Más que olvidos: las claves para entender el Alzheimer y detectarlo a tiempo

Alzheimer

Manizales, viernes 18 de septiembre de 2026. A propósito de la conmemoración del Día Mundial del Alzheimer que tiene lugar el 21 de septiembre, Victoria Eugenia Llanos Gómez, médica internista geriatra, experta en neuropsicología y demencias y docente catedrática de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UManizales, comparte las principales generalidades de esta enfermedad que, de acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), afecta a más de 57 millones de personas en el mundo.

¿Qué es el Alzheimer y cuáles son los primeros signos de alerta que pueden ayudar a una persona o a su familia a consultar a tiempo con un profesional de la salud?

La enfermedad de Alzheimer es una patología neurodegenerativa progresiva e irreversible. Es la forma más frecuente de demencia en adultos mayores, aunque puede presentarse también en personas jóvenes.

Se caracteriza por la acumulación anormal de ciertas proteínas en el cerebro (placas de beta-amiloide y ovillos neurofibrilares), lo que provoca una pérdida paulatina de neuronas en determinadas áreas cerebrales. Como consecuencia, genera el deterioro de las funciones cognitivas y la pérdida gradual de la autonomía para realizar las actividades de la vida diaria.

¿Cómo diferenciar los cambios propios de la edad de los síntomas que podrían indicar Alzheimer u otra demencia?

En el envejecimiento normal, los fallos en la memoria suelen tener un componente atencional importante; al percibir un olvido, se logra rectificar y corregir el error. Se pueden prolongar los tiempos para evocar un recuerdo, pero se conserva el procesamiento de la información y del pensamiento complejo.

Por ejemplo, pueden olvidarse eventos próximos, pero existe una corrección cuando se enfoca la atención en la evocación. Esto no sucede en la enfermedad de Alzheimer.

En el envejecimiento normal tampoco se presentan alteraciones en las funciones ejecutivas (habilidades adquiridas y procedimentales). Tampoco se espera una afectación en la producción del lenguaje, su fluidez y contenido, ni variaciones en el comportamiento y las características de la personalidad a lo largo del tiempo. No se evidencia la labilidad afectiva que sí puede presentarse en el Alzheimer, donde además se puede llegar a una etapa en la que la falla de memoria deja de ser perceptible para la persona que la padece.

¿Existen factores de riesgo modificables o hábitos de vida que contribuyan a prevenir o retrasar la aparición del Alzheimer?

Aunque no existe una fórmula para prevenir el Alzheimer, la evidencia científica sugiere que controlar ciertos factores de riesgo reduce su impacto y puede retrasar la progresión del deterioro cognitivo:

Salud cardiovascular: controlar la presión arterial, los niveles de colesterol, la glucosa en sangre y la obesidad. Lo que beneficia al corazón beneficia al cerebro.

Estilo de vida activo: realizar actividad física, en especial ejercicios que impliquen un proceso cognitivo, como el yoga, pilates o tai chi.

Nutrición equilibrada: mantener patrones alimentarios que incluyan verduras, frutas, granos, pescado y grasas saludables. Los frutos secos como el maní y las nueces también benefician el cuidado cerebral.

Estimulación cognitiva: mantener la mente activa mediante la lectura, la escritura, el aprendizaje de nuevas habilidades y la meditación.

Conexión social: interactuar periódicamente con amigos, familiares y grupos comunitarios para combatir la soledad no deseada.

Higiene del sueño y salud mental: priorizar un descanso reparador, mantener los ritmos circadianos de sueño y vigilia, tratar oportunamente la depresión y corregir deficiencias auditivas y visuales.

¿Cuál es el impacto emocional y social que suele generar esta enfermedad en los pacientes y sus cuidadores, y qué recomendaciones pueden ayudarles a afrontar el proceso?

El diagnóstico de Alzheimer transforma profundamente la dinámica familiar. En la persona afectada, las etapas iniciales suelen estar acompañadas de miedo, frustración, duelo por la pérdida de autonomía y la dependencia hacia su entorno familiar.

Para el familiar o cuidador principal, la carga física y emocional puede derivar en el síndrome del cuidador quemado (agobio del cuidador), caracterizado por agotamiento extremo, aislamiento social, culpa y depresión.

A continuación se presentan algunas estrategias para afrontar el proceso:

Educación e información: comprender la evolución de la enfermedad ayuda a reinterpretar conductas del paciente como síntomas, evitando tomar estos cambios como algo personal.

Creación de una red de apoyo: delegar tareas entre varios miembros de la familia y acudir a grupos de apoyo para pacientes y familias con Alzheimer.

Cuidado de la salud del cuidador: establecer espacios propios de descanso, mantener chequeos médicos al día y solicitar ayuda profesional psicológica para evitar el agobio.

Adaptación del entorno: simplificar la rutina en el hogar para mantener la seguridad y fomentar la autonomía del paciente mientras sea posible.

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