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El aula como umbral: Humanidades, memoria y arquitectura de la diversidad Por: Misael Peralta

Orgullo

Por Misael Peralta

"No necesito disfraz

Aquí está mi cara

Hablo por mi diferencia"

Pedro Lemebel

 

El aula como entorno educativo no es nunca un solo espacio. Por momentos es un laboratorio donde las ideas metamorfosean, una sala donde se conversa sobre el día anterior; en otros, un gimnasio de posturas sobre la realidad y sobre el futuro, o una plataforma para interactuar desde los sentires y los conceptos, haciendo clic, el uno en la otra, le otre en el profe, la multitud que somos en medio de silencios o bullicios.

A veces el aula se alarga al pasillo y navega cada espacio vital donde el encuentro permite construir universidad: es pantalla y teclado, arado y raíz, minga y café. El aula es casi todo y más, cuando hay una excusa bella en el aprender como misión, cuando cada rincón se convierte en un dispositivo pedagógico.

Esta última palabra no busca reducir la discusión a las meras cosas, ni volvernos objetos. Rita Segato se refiere precisamente a este peligro desde su noción de las "pedagogías de la crueldad", donde la enseñanza tradicional puede concebir a los otros como objetos, eliminando la empatía y dando lugar a que la violencia y la discriminación ocurran sin que nadie se conmueva.

Frente a estas pedagogías que erigen barreras estructurales de exclusión, estigmatización y vulneración, es necesario oponer, en línea con Segato, unas “contra-pedagogías de la crueldad”, que podríamos parafrasear como pedagogías de la proximidad: aulas ampliadas que ya no se conciban como lugar de dispositivos y objetos, sino como territorio donde la condición humana sea reconocida y respetada multidimensionalmente, y donde la ética del cuidado se vuelva principio de toda acción.

Esa valoración obsesa e incombustible por la humanidad que somos nos exige, frente a las situaciones históricas que han posicionado prácticas y discursos de exclusión, que el otro se convierta en una presencia sagrada: también su deseo, su identidad, su cuerpo, su proyecto de vida, su orientación sexual, sus mundos, sus dimensiones.

Esta formación, desde lo institucional y lo vivo, pone a la universidad frente al desafío de la pluralidad real, la auténtica valoración de la diversidad y el establecimiento de espacios de equidad donde todos quepan y, al mismo tiempo, puedan crecer desde su lugar crítico como seres que se entrelazan en tejidos e ideas de libertad y cuidado.

En esa línea, la conmemoración del Mes del Orgullo LGBTIQ+ en nuestras aulas no es un mero formalismo simbólico, sino una acción concreta de memoria, reconocimiento y transformación social. Al visibilizar las luchas históricas por el acceso efectivo a derechos y la dignidad humana, la universidad se erige como un baluarte contra lo que Byung-Chul Han describe como "la expulsión de lo distinto", recordándonos que la verdadera comunidad académica no nace de la comodidad de lo igual, sino de la capacidad de abrazar aquello que nos resulta radicalmente otro.

Nuestra labor como universidad, como aula, no se centra solamente en la formación en conocimientos y competencias de naturaleza instruccional, sino en ampliar la mirada hasta que el otro deje de ser sombra.

En las Metamorfosis de Ovidio y en la tragedia tebana de Sófocles encontramos la figura de Tiresias: aquel profeta que, tras haber vivido siete años como mujer y luego recuperar su forma de hombre, poseía una sabiduría que ni los mismos dioses alcanzaban: la de haber habitado ambas orillas de la experiencia humana. Tiresias no era sabio por lo que sabía de los libros, sino por lo que su cuerpo había comprendido en el tránsito. Como él, la universidad está llamada a ser ese espacio de visión total, un lugar que, en cumplimiento de su responsabilidad ética y social, se atreva a reconocer que la sabiduría nace precisamente allí donde las fronteras de la identidad se vuelven porosas y plurales.

Este compromiso encuentra su eco final en el pensamiento de Judith Butler, quien nos recuerda que una vida solo se vuelve plenamente vivible cuando es reconocida por los otros, cuando el entorno nos devuelve un reflejo de dignidad y no de estigma. Al abrir nuestras puertas a la pluralidad real estamos haciendo algo más que seguir un protocolo: estamos buscando que en la Universidad de Manizales ninguna vida sea precaria ni invisible. Al final del día, educar en la diversidad es asegurar que cada proyecto de vida pueda florecer en un entorno seguro e inclusivo, donde la libertad de ser no sea un acto de heroísmo, sino la misión de cada aula abierta a todas las posibilidades y potencialidades de lo humano.

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