Antonio Duque Quintero fue uno de los cirujanos pediátricos más respetados del país, y uno de los pioneros. Se desempeñó como decano y profesor en las dos facultades de medicina de la ciudad, pero lo que más destacan sus discípulos es el legado humano que dejó en varias generaciones de médicos.
“Un maestro en el sentido más hondo y verdadero de la palabra. Su humanidad no fue un gesto añadido: fue el eje de su ejercicio médico. Nunca separó el bisturí del corazón. Y eso, a quienes lo conocimos, nos marcó para siempre”, señala Natalia García, profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Manizales.
Duque Quintero también fue pionero en Colombia en el abordaje de los desórdenes del desarrollo sexual. “Cuando casi nadie hablaba de esto, cuando las herramientas eran escasas y los silencios clínicos inmensos, él estaba ahí: escuchando, observando, preguntándose no solo qué hacer con el cuerpo, sino qué sentía ese niño, esa niña, esa familia”, agrega la profesora.
Según García Restrepo, como genetista y bioeticista, ella aprendió con él que la técnica sin escucha se vuelve violenta, que los cuerpos no son objetos de corrección, sino territorios de sentido, historia y dignidad. “Él lo sabía antes que muchos. Intuyó, incluso sin palabras, que había algo más allá del diagnóstico, que en cada niño o niña con genitales diversos había una pregunta ética viva, una vida que no podía reducirse a un protocolo”.
“Lo admiro, lo extraño y lo amo con la gratitud serena de quien ha recibido una herencia inmensa: la de hacer medicina con alma, la de nunca olvidar que al otro lado de cada diagnóstico hay alguien que siente”, puntualiza.