En los últimos días ha circulado con mayor visibilidad el término therian. La palabra proviene del griego thērion (bestia) y se usa para describir a personas que afirman identificarse —en un plano identitario o espiritual, no biológico— con un animal no humano. No se trata de disfraces ocasionales ni de performances artísticos, sino de una vivencia subjetiva sostenida en el tiempo. Aunque el fenómeno adquirió notoriedad digital en la década de 2010, sus primeras comunidades organizadas surgieron en foros de internet a finales de los años noventa y comienzos de los 2000, en paralelo con otras subculturas virtuales vinculadas al llamado otherkin.
Reducir el fenómeno a una excentricidad o celebrarlo acríticamente como avance emancipador sería un error. Como todo hecho social contemporáneo, el “therianismo” debe analizarse desde sus condiciones culturales e históricas. Aquí resulta útil la lectura de Zygmunt Bauman y su concepto de “modernidad líquida”. Bauman sostiene que vivimos en un tiempo donde las identidades ya no son sólidas ni heredadas, sino construcciones frágiles, cambiantes y profundamente individualizadas. En ese contexto, la identidad deja de ser un destino y se convierte en una tarea. El “therianismo” puede interpretarse como una de esas búsquedas identitarias en un mundo donde las categorías tradicionales —nación, religión, clase— han perdido su capacidad de estructurar la experiencia de manera estable.
Pero la lectura no puede quedarse en la fluidez contemporánea. También es pertinente citar a Erving Goffman, particularmente su noción de la “presentación del yo en la vida cotidiana”. Goffman explica que toda identidad es una puesta en escena socialmente mediada. En la era digital, esa dramaturgia se amplifica: foros, redes sociales y comunidades virtuales permiten no solo expresar identidades alternativas, sino validarlas colectivamente. El “therianismo”, entonces, no es solo una vivencia individual, sino una identidad que se consolida en interacción con otros que comparten el mismo marco simbólico.
Históricamente, la identificación humano–animal no es nueva. Las culturas indígenas de América, África y Asia han desarrollado cosmovisiones donde la frontera entre humano y animal es porosa: el tótem, el chamán que se transforma, la animalidad como espíritu protector. Lo novedoso del therian contemporáneo no es la metáfora, sino su inscripción en un contexto secularizado, urbano y altamente digitalizado.
Desde una perspectiva sociológica, el fenómeno plantea preguntas más amplias: ¿qué revela sobre la relación actual con la naturaleza? ¿Es una reacción simbólica frente a una sociedad hiperindustrializada y tecnológica? ¿Es una forma de resistencia cultural o un síntoma de fragmentación identitaria? Probablemente contenga elementos de todo lo anterior.
Mantener una posición equilibrada implica reconocer dos cosas. Primero, que no toda autoidentificación implica patología ni amenaza social; las sociedades democráticas han ampliado históricamente el espectro de identidades reconocidas. Segundo, que toda construcción identitaria necesita diálogo crítico, especialmente cuando redefine categorías fundamentales como lo humano y lo animal.
El “therianismo” no debe ser caricaturizado ni romantizado. Es, más bien, un síntoma cultural de nuestro tiempo: una manifestación de la búsqueda de pertenencia, sentido y autenticidad en una época donde las certezas se diluyen. Comprenderlo exige menos burla y menos entusiasmo acrítico, y más análisis sociológico riguroso.
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