Todas las organizaciones necesitan desplegar una cultura laboral que les permita un funcionamiento óptimo, no solo desde la producción, sino, también, desde la visión que tienen sobre la misma los usuarios o clientes, y los mismos empleados, o colaboradores. En ese orden de ideas, es indispensable que la cultura laboral esté construida con palabras, acciones, valores y creencias que permitan a la empresa seguir siendo lo que es, respecto a la identidad que proyecta y a la experiencia interna de sus trabajadores.
Teniendo en cuenta lo anterior, y sabiendo que Colombia se encuentra en un periodo de transformaciones respecto de las reformas que se han promovido en torno a los derechos laborales, pensionales y en salud, sería interesante identificar cuál es la cultura laboral colombiana, para establecer si las reformas que se proponen son la respuesta a necesidades de la población, o son imposiciones que no resuelven las contingencias que vive nuestro país. Recordemos que la norma no debe ser un capricho del legislativo, o una imposición del ejecutivo, pues si no hay una relación estrecha entre sociedad, cultura y normatividad, no servirá ninguna transformación en el ordenamiento jurídico.
Si Colombia es la empresa, y el Estado es el órgano de dirección al que le corresponde administrar este negocio, entonces tendríamos que preguntarnos ¿Cuál es la cultura laboral que nuestros gerentes han promovido? Porque los trabajadores (población) respondemos generalmente a las posibilidades de crecimiento y desarrollo que nos ofrecen nuestros jefes y organizaciones (gobierno). Pero, también, nos vamos acomodando a las dinámicas que nos permiten no entregarlo todo por la empresa, alejarnos de las políticas institucionales, desconfiar de los líderes, y, finalmente, preferir buscar otra empresa (país).
Hace unos días tuve conversaciones con empleados del sector público y privado en Colombia, y también con trabajadores independientes; lo interesante de las conversaciones, fue que la cultura laboral que han promovido históricamente los gobiernos colombianos, genera que las personas piensen en derechos laborales colectivos; sin embargo, los mismos ciudadanos no comprenden cuándo un derecho es de carácter laboral, constitucional, organizacional, o simplemente, como muchos lo manifiestan, son regalos del jefe, patrono o del gobierno. Entonces, los trabajadores en general aprendieron a mendigar derechos, creyendo que se adquieren de la consecuencia del relacionamiento político y no del reconocimiento universal de derechos inherentes a la humanización de la actividad laboral.
Lo anterior fue apoyado por las diferentes posturas de los empleados con los que pude dialogar, y quienes comenzaron a manifestar cuál sería su trabajo ideal y los derechos que se merecían; cuando entramos en esa conversación comprendí que poco a poco las dinámicas asistencialistas de los gobiernos han ido desarrollando una cultura laboral de la mendicidad y del menor esfuerzo. Por ejemplo, es triste encontrar empleados públicos que desarrollan su actividad sólo por considerar que el Estado es el mejor empleador debido a los altos montos salariales que ofrece en la mayoría de sus instituciones; a estos empleados les importó poco que la actividad a desempeñar nada tuviera que ver con su vocación o profesión, lo que me hace pensar que nos hemos convertido en una sociedad que busca supervivencia, pero no desarrollo.
Otro ejemplo que me sorprendió, fue que algunos empleados del sector privado comentaron la necesidad de trabajar menos horas, sin embargo, cuando indagué cual era la motivación para tener más tiempo disponible, la mayoría solo expresó no querer trabajar mucho, lo que lleva a pensar, que algunos de ellos ni siquiera quieren tener tiempo libre para desarrollar una mejor calidad de vida, o dedicarse a sus familias y al cumplimiento de sus sueños; simplemente no quieren ningún tipo de obligación laboral, y trabajan, al igual que los anteriores, más por supervivencia que por desarrollo personal.
Las respuestas de los trabajadores independientes son las que más se acercan a una crítica real sobre el mal funcionamiento del sistema, pues mientras unos llegan a la informalidad por falta de oportunidades o por no tener la preparación suficiente, otros lo hacen persiguiendo sus sueños, pero en ambos casos, se encuentran con las talanqueras que impone el gobierno, que no permite un crecimiento armónico y constante de los negocios.
Todos los gobiernos del mundo constantemente proponen reformas laborales, pensionales y de salud para intentar mejorar las condiciones de los trabajadores, específicamente, quienes se desempeñan en entornos de trabajo informal, para garantizarles no solo un trabajo digno, sino, también, el disfrute de derechos y el acceso a salud, pensión y cajas de compensación. Pero esas reformas no están coincidiendo con nuestras culturas laborales, pues no queda claro si estamos respondiendo a las necesidades del ciudadano, o a las del Estado, o a las del mercado, o a las de las orientaciones ideológicas de un legislativo y ejecutivo de turno.
Recordemos que en Colombia es difícil hacer procesos de construcción progresiva o permanente, porque cuando un gobernante ostenta el poder, considera generalmente que las políticas anteriores eran fallidas y solo las suyas persiguen los fines adecuados. Entonces, nos pasamos la vida reiniciando una y otra vez nuestras políticas laborales, lo que es similar a cesar las actividades de una empresa o modificar su estructura y políticas cada vez que hay un nuevo directivo. Por eso el pueblo perdió identidad, el trabajador perdió el rumbo y los gobiernos la credibilidad.
*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.