La desigualdad en Colombia no solo está relacionada con cuánto dinero tiene una persona, sino también con las oportunidades que encuentra para desarrollar sus capacidades, acceder a un empleo digno y mejorar sus condiciones de vida. El origen social, el territorio, el fenotipo y las condiciones de acceso a la educación y al mercado laboral pueden convertirse en ventajas o barreras que determinan las posibilidades de movilidad social.
En este contexto, el psicólogo organizacional puede asumir un papel que trasciende la gestión tradicional del talento humano: identificar y reducir las barreras que impiden que las personas accedan, se desarrollen y progresen en el mundo laboral.
El índice Gini es una medida estadística que cuantifica entre cero y uno el nivel de desigualdad, al comparar la distribución de ingresos o riqueza en un país. Colombia obtuvo un puntaje de 0,531 en 2025, la cifra más baja de los últimos años, pero sitúa al país como la tercera nación más desigual del planeta. Existen varios aspectos que alimentan esta brecha, uno de estos la informalidad laboral. Según el DANE, la informalidad en Colombia cerró en 2025 con un 55,7 % de las personas trabajadoras.
Investigadores del Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico (CEDE) de la Universidad de los Andes aseguran que, a pesar de que existan oportunidades de empleo formal, también existen filtros no oficiales. Estos tienen como referencia competencias culturales y códigos de clase que, muchas veces, determinan quién puede acceder a un empleo. Estos filtros, llamados “barreras simbólicas”, resaltan individuos de diferentes mundos sociales. Por ejemplo, el nombre de la escuela donde una persona se graduó actúa como una señal de clase, cambia la forma en que es percibida y deja de considerar lo que es capaz de hacer.
La pobreza no es lo que no se tiene, también es lo que no se puede llegar a ser. La pobreza no es solo falta de capital económico, sino la incapacidad de no haber podido desarrollar todo el potencial de un individuo como ser humano, plantea Amartya Sen en su obra Desarrollo y libertad. Es muy probable que un niño pobre del Chocó no asista al colegio hasta completar la enseñanza media a pesar de ser igual o más talentoso que muchos otros niños del país; que no pueda recibir la alimentación necesaria para ser un deportista de élite o que, a pesar de tener una idea novedosa, no reciba financiación para materializarla.
Esta pérdida de talento representa también una pérdida de oportunidades de movilidad social, pues las capacidades que podrían permitirle acceder a mejores condiciones de vida permanecen sin desarrollarse y, con esto, perdemos todos.
Para un estudio empírico realizado en Bogotá se enviaron hojas de vida ficticias a vacantes laborales y se manipularon las fotografías de los candidatos para dejar claro el fenotipo del solicitante: mestizo, afro, indígena o blanco. El principal hallazgo de dicho estudio indica que “tener fenotipo afrodescendiente disminuye de manera significativa las probabilidades de conseguir una entrevista de trabajo, mientras que tener un fenotipo blanco las aumenta considerablemente”.
El modelo centro-periferia permite comprender que en Colombia las oportunidades de desarrollo no se distribuyen de manera homogénea entre los territorios. Es decir, mientras los centros urbanos concentran mayores niveles de productividad, empresas, servicios especializados y oportunidades de formación, las regiones periféricas presentan mayores brechas de capital humano y de acceso a empleos de alta cualificación. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala que las diferencias de habilidades y capital humano son factores importantes de las desigualdades regionales en productividad e ingresos, planteando la necesidad de nivelar las oportunidades de formación laboral entre las regiones.
La desigualdad en Colombia no se reproduce solo porque existan diferencias económicas, sino porque existen mecanismos que convierten el origen social, el territorio, el género, el fenotipo o las condiciones de una persona en ventajas o desventajas para acceder y progresar en el mundo laboral.
Por ello, el psicólogo organizacional tiene la posibilidad de asumir un papel activo frente a esta situación: hacer de la gestión humana un mecanismo de redistribución de oportunidades. Esto implica identificar y reducir sesgos, ampliar el acceso al desarrollo del talento, promover condiciones laborales equitativas y, ante situaciones de crisis como el terremoto de Manizales, contribuir a que la respuesta institucional dé prioridad a quienes enfrentan mayores barreras para recuperarse.
Así, intervenir en una organización también puede significar intervenir sobre la sociedad, pues cuando una persona históricamente excluida logra acceder a un empleo digno, desarrollar sus capacidades y mejorar sus ingresos, no solo se transforma su trayectoria individual, sino que se interrumpe uno de los mecanismos que reproduce la pobreza y la desigualdad.
En este sentido, el psicólogo organizacional no puede resolver por sí solo un problema estructural, pero sí puede evitar que las organizaciones continúen reproduciéndolo y convertirlas en espacios de mayor movilidad social.
* Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.