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Informe Final de la Comisión de la Verdad. ¿Qué tiene para decir el Eje Cafetero?

Adriana

Juana Valentina Bustos

 

“Traemos una palabra que viene de escuchar y sentir a las víctimas en gran parte del territorio colombiano y en el exilio; de oír a quienes luchan por mantener la memoria y se resisten al negacionismo, y a quienes han aceptado responsabilidades éticas, políticas y penales”. Este es un apartado de la Convocatoria a la paz grande, el texto que leyó el presidente de la Comisión de la Verdad, sacerdote Francisco de Roux en el acto público de presentación del Informe Final. Una serie de tomos con diversos enfoques que resumen el trabajo de más de tres años en el que los once comisionados y equipos territoriales escucharon a 30.000 personas a lo largo y ancho del país para el esclarecimiento de la verdad sobre el conflicto armado colombiano.

La escucha en diálogo social abierto y la investigación constituyeron la metodología que usó la Comisión de la Verdad: oír a las víctimas a través de sus testimonios y memorias, investigar los contextos que dieran respuesta al porqué y cómo se dieron los hechos y finalmente cuestionarse: ¿es eso lo que realmente ocurrió?, ¿estamos seguros de que es así y no de otra manera? para reconocer que la Comisión no es dueña de la verdad, pero se debe a ella.

Adriana Villegas Botero, escritora, columnista, docente universitaria e investigadora, participó como redactora y parte del equipo de investigación territorial para el capítulo Eje Cafetero del volumen Colombia adentro, una serie de 14 textos que ahonda en las causas, características y dinámicas de la guerra en once macro territorios del país. Eureka habló con ella sobre la magnitud del desafío y, como se lo dijo en su momento su esposo, -la responsabilidad de país- que significaba aceptar el llamado a narrar las múltiples verdades de lo que sucedió.

La investigación del conflicto armado colombiano es de por sí un camino lleno de espinas, ¿cuál fue el reto más grande para la construcción del capítulo Eje Cafetero? 

El reto inicial fue que hubiera un capítulo Eje Cafetero. La Comisión de la Verdad creó una división administrativa con unas macro territoriales y el Eje Cafetero hacía parte de la macro territorial Antioquia. La tentación inicial era un informe de Antioquia y Eje Cafetero que con las violencias de Antioquia —desde Urabá, Puerto Berrío y el Bajo Cauca Antioqueño—habría dejado absolutamente invisibilizadas las de Caldas, Quindío y Risaralda.

Justificar, convencer y explicar por qué tenía que haber un Informe Eje Cafetero fue un reto, y el argumento más fuerte fue que el conflicto armado en el Eje tiene una característica y es que ha sido muy invisibilizado. Hay un relato de remanso de paz y la Comisión no podía contribuir a eso fusionando ese conflicto territorial con otro.

¿Cuáles son los aportes del capítulo Eje Cafetero a la memoria histórica del país? 

Uno de los aportes fue unificar en un solo volumen el relato Eje Cafetero desde 1944 hasta hoy, y lo digo porque acá tenemos unos investigadores que han realizado unos trabajos muy juiciosos sobre conflicto armado en la región. Hay investigaciones sobre Riosucio, Samaná, San Félix; sobre Mistrató, en Risaralda y en el Quindío sobre las relaciones de la industria del turismo cafetero con el narcotráfico y también de caficultura y conflicto armado. Entonces, si uno se va a buscar, hay mucha información en documentos, libros, trabajos que yo leí, disfruté y aprendí, por ejemplo, de la violencia bandolera del norte del Quindío. Pero lo que hace este trabajo es recoger todos esos relatos para tener una visión un poco más panorámica de todo el territorio en un periodo de tiempo amplio.

Me parece que otro aporte es el tratar de mostrar los hilos que unen la violencia más reciente con la violencia bandolera que fue tan cruel acá en los años 50 y que está tan olvidada y tan invisibilizada, pero que en el Quindío, por ejemplo, tuvo las cifras más fuertes de violencia en esa época. Por poner un contexto, Quindío fue en los 50 y los tempranos 60 lo que en los 80 fue el Urabá.

“A mí de la Comisión me gusta lo de la escucha. Escuchar gráficamente implica callarse, silenciarse para poder oír, es una disposición del ánimo”.

Hay un imaginario de que el Eje Cafetero fue un remanso de paz porque la guerra no tocó con tanta fuerza a las capitales de los tres departamentos; pero el texto habla de Mistrató, La Dorada y Génova como municipios fronterizos que conforman el triángulo del Eje por donde penetró la violencia que ya se vivía por fuera...

En una de las reuniones que tuvimos con la Comisión cuando todavía estábamos en la discusión de si se merecía o no un volumen Eje Cafetero, alguien decía que en esta región la violencia está en las subregiones fronterizas con el Magdalena Medio, Chocó, Valle del Cauca, Tolima y Cundinamarca, pero que en el resto no. Yo le preguntaba, ¿qué es el resto? Caldas para muchos asuntos se divide en seis subregiones, Quindío en dos y Risaralda en tres. De todas, el bajo occidente caldense es el único que no tiene límites con departamentos que van por fuera del Eje Cafetero. Realmente nuestro territorio por ser tan pequeño es fronterizo con otros departamentos, así somos; entonces decir que nuestro conflicto solo fue en las fronteras o en los márgenes es como si el centro fuera otro enorme pedazo de territorio y no es así.

 

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En un apartado del Informe dice “un proceso de búsqueda de la verdad que pretende enfrentar las mentiras y poner voz a los silencios”, ¿en el Eje Cafetero qué fue más común?

Yo podría hablar desde una experiencia personal. El padre Francisco de Roux presentó el Informe de la Comisión en el Jorge Eliécer Gaitán el 28 de junio a las 11:00 a.m. y a los 30 minutos ya había gente trinando en redes sociales diciendo que todo ahí era mentira y que solo había una parte, y pues ni el curso de lectura más rápido del planeta permite llegar a esa conclusión en tan poco tiempo. Me parece que el Informe Eje Cafetero ha tenido poca difusión y nulo análisis en los medios de comunicación. 

Salvo muy escasas excepciones, los medios del Eje no han hecho el ejercicio de leer el informe, ni los columnistas, ni los perio- distas, ni los analistas. No obstante, en algunos espacios académicos, comunitarios y alternativos sí se está haciendo el ejercicio de leer y conversar sobre el informe.

Creo y confío que una Comisión de la Verdad trabaja para la historia, para procesos largos. Confío que a futuro y a largo plazo este Informe sea estudiado en la academia, cuestionado, debatido, destrozado, si se quiere, pero no desde el sesgo de “no me lo voy a leer” sino después de leerlo.

207.633 personas del Eje Cafetero (Caldas, Quindío y Risaralda) son víctimas del conflicto armado colombiano.

¿Hay futuro si hay verdad? ¿Por qué deberíamos leer el Informe Final de la Comisión de la Verdad?

Yo pienso que el Informe ofrece una verdad compleja, no es un discurso unívoco, sino que hay muchas voces, voces que tienen versiones distintas, es muy polifónico. Yo estoy cada vez más convencida de que si no hay pensamiento crítico no hay paz. Es necesario que cada uno como miembro de una sociedad, en responsabilidad ciudadana, construya y alimente el pensamiento crítico.

La democracia se construye desde personas con capacidad deliberante para tomar decisiones responsables. Si uno traga entero y repite lo que otros le dicen, es muy difícil una participación democrática responsable. Es importante acercarse a estos relatos para entender a los otros, la diversidad, es posible que alguien sienta que el conflicto no lo tocó directamente, pero como ciudadanosnos tocó a todos y sí afectó a muchas personas cercanas. Si no lo asimilamos entonces hay riesgo de repetición.

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