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Investigación – creación

Ivonne Paola Mendoza Niño
Gerente del Centro Cultural del Banco de la República de Manizales

La ciencia y las artes son dos de las áreas más creativas del conocimiento humano, pero no siempre las artes han sido consideradas eso: conocimiento. Quizá sin darnos cuenta pasamos de un momento donde fueron concebidas como fuentes de saber primario y primordial en la Grecia antigua o en nuestras comunidades ancestrales, a ser consideradas entretenimiento y lejanas al hecho científico en la era postindustrial.

Desde el 2015, Colciencias, ahora Ministerio de Ciencia Tecnología e Innovación, asume la posibilidad de incorporar al Sistema Nacional de Ciencia Tecnología e Innovación la investigación – creación, que desde el 2017 una de las áreas de medición de dicho sistema. Sin duda alguna, este hecho representa un avance significativo, en primer lugar, para el reconocimiento de la labor que desde hace mucho tiempo venían realizando profesores, estudiantes, grupos de investigación, artistas, entre otros y que veían cercenada la posibilidad de acceder a las mediciones del Sistema y los beneficios o rutas que ello significa.

En segundo lugar, además de ese reconocimiento, esta incorporación pone en el plano formal los aportes de la investigación – creación, y por ende del arte y la cultura, al desarrollo científico del país, dando un lugar, por lo menos en la formalidad, a ese rol estratégico que históricamente tiende a desaparecer.

Este hecho sigue siendo objeto de revisión, de análisis, de ajustes, tanto por parte del Ministerio, como por los distintos grupos y personas interesadas en esta área. No es sencillo acoplar un sistema conservador de reconocimiento y medición de las ciencias a procesos que muchas veces distan de esas metodologías y conceptos.

Ahora bien, quisiera centrar esta reflexión sobre algunos retos de la investigación - creación, más allá de la formalidad del Sistema y del Ministerio.

Primero hay que señalar que no todos los procesos de investigación - creación han de ser parte de ese universo. Es vital que siga existiendo lo que podríamos denominar la espontaneidad de los procesos creativos, incluso en el mismo campo universitario, no ha de ser “obligación” ser medido o incorporado a esas lógicas, para que programas, grupos de investigación y colectivos sigan generando dinámicas que partan de la creatividad artística o cultural para la generación de conocimiento. Y es ahí donde las instituciones educativas deben abrir espacios más flexibles de impulso, apoyo y reconocimiento a estas prácticas.

Lo anterior también hace un llamado a pensarse el “lugar” que ocupa la investigación – creación dentro de las valoraciones institucionales y sociales. Aún pareciera que existen percepciones de procesos de investigación de primer nivel y otros que no lo son, desconociendo el rigor, método y aportes de procesos de investigación que se relacionan con las ciencias sociales, humanas y las artes. .

En ese sentido, y en último lugar, es preciso señalar que, si no hay una transformación del lugar del arte y la cultura en todo el proceso educativo, y por ende en su valoración social, no transformaremos mucho nuestro sistema científico.

En la escuela, en todas sus esferas, las artes y la cultura no pueden seguir siendo lo extra, el entretenimiento, “el relleno”. Debe existir la posibilidad de gestar conocimiento y prácticas científicas donde el arte se vea como un proyecto de vida, de profesionalización, de generación de conocimiento útil a la sociedad. Si ese cambio paradigmático no se da en nuestras instituciones educativas es muy complejo que lleguemos a otros niveles de formación y profesionalización donde las artes permeen otros campos científicos o donde por sí mismas sean valoradas como movilizadores de conocimiento y transformaciones sociales. Esto no solo para quienes las ejercen sino para quienes se pueden ver beneficiados de una u otra manera por los procesos y resultados que de allí surjan, tal como ocurre con cualquier hecho científico.